10 octubre 2014

Arte y parte

Estuve un par de días en Tarija a mediados de septiembre, en el 5º Encuentro Plurinacional de Teatro Universitario y Escuelas Superiores de Formación de Maestros. Colegas del Ministerio de Educación me invitaron para hablar de “la función de las artes en la educación a través de la literatura”, y lo hicieron sin duda porque mi faceta de escritor es más conocida para muchos que la de cineasta. Sin embargo al comenzar mi charla anuncié a los asistentes que iba a contarles un secreto: mi relación episódica con el teatro, y mi deseo de hablar de teatro en esa oportunidad, una de las pocas que tenía para hacerlo.

Mi relación con el teatro empezó en la escuela primaria, como les sucede a muchos, con una obra graciosa que representamos en el Teatro Municipal de La Paz en ocasión del Día de la Madre. Se trataba del ejercicio cómico Los sordos de Germán Berdiales (esto lo averigüé hace poco), donde el humor se basaba en los malentendidos entre cuatro personajes que confundían las palabras: leones con melones, legua con yegua, etc. La obrita no daba para más. Los niños actores tampoco.

Años más tarde, en secundaria, ensayé el personaje de Martín en La dama del alba de Alejandro Casona, pero ni siquiera recuerdo si llegamos a representarla alguna vez. Solo recuerdo los ensayos porque una de las actrices me gustaba. Ya fuera del ámbito del colegio, a fines de los años 1960, me sumé a un grupo de teatro formado por amigos escritores, bajo la dirección de Carlos Coello. Nos enfrascamos durante algún tiempo en los ensayos de una obra de Peter Handke, cuyo título no he retenido, una obra oscura, según recuerdo. O sería oscuro el lugar donde ensayábamos.

En mi trabajo en comunicación para el desarrollo el teatro ha estado también presente. A principios de la década de 1990, mientras trabajaba en Unicef en Nigeria, alenté un programa de capacitación de grupos de teatro comunitario para representar obras sobre temas de prevención de salud. Fue una experiencia tan estimulante que en un par de meses escribí un libro titulado Popular theatre (1995). Una versión más corta de ese manual se publicó cuando el año 2001 trabajé con la cooperación australiana en Papua Nueva Guinea, al otro lado del planeta. En ambos países, y también durante mi estadía en Haití, el teatro comunitario probó su eficacia en lugares donde ni siquiera había radio o televisión.

Más allá de esa episódica experiencia personal, el teatro se convirtió en algo muy especial para mi a través de mi querido amigo Liber Forti, al que tanto debemos en nuestro aprendizaje de la vida. Además de ser el creador de Nuevos Horizontes en Tupiza dedicó parte de su vida a promover el teatro en las minas o en las ciudades. Algo hicimos juntos en los años 1970, más bien relacionado con la fotografía y el cine, cuando él estaba de asesor cultural de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) y de la Central Obrera Boliviana (COB), hermosas épocas.

Alfredo Rivera demuestra su técnica
Aunque generalmente se afirma que la expresión primigenia del arte fue la pintura rupestre en cuevas donde los cazadores plasmaban sus escenas de cacería,  el drama fue anterior. Todos nacemos con una predisposición para el drama y aprendemos a actuar antes de aprender a caminar. Antes de hablar, conocemos el valor de la gestualidad y del lenguaje corporal. Más tarde se suma la voz para expresar los estados de ánimo y las demandas que queremos que otros perciban. Nuestras expresiones faciales son aprendidas, aunque el hecho de actuar sea espontáneo.

Desde que las primeras comunidades humanas desarrollaron formas de organización social, inventaron rituales en los que la dramatización es fundamental. Las religiones surgieron en buena medida como formas de representación dramática que hoy se mantienen en el histrionismo de los predicadores evangélicos, maestros de la actuación. Algo parecido sucede en los torneos de lucha libre donde todos sabemos que se finge pero nos prestamos como cómplices voluntarios de esa parodia de violencia.

Con Elías Serrano
¿Por qué es tan importante la relación entre los procesos de comunicación y los procesos de producción artística? Porque en ambos procesos se aprende continuamente  y no solo a través de los resultados finales. Quienes se dedican a la escritura, a las artes plásticas o al teatro saben que en el proceso de creación de una obra es donde más se genera conocimiento, sobre todo cuando se trata de creaciones colectivas. La obra final es solamente uno de los resultados de ese proceso, pero hay otro resultado más importante: el aprendizaje , ese camino que se hace al andar.

Las fronteras entre el teatro y la literatura son tenues porque el teatro es también texto. Hay obras de teatro que están escritas para leer antes que para ser representadas. En el teatro, el actor presta su cuerpo y su voz al texto, y los espectadores prestan su imaginación a las palabras. La razón por la que una obra de teatro puede ser representada de tantas formas distintas es porque las palabras se abren a la imaginación de cada persona que las lee.

El binomio arte-educación que intenta promover el Ministro de Educación con estas actividades es fundamental, pero lo importante es no confundir la enseñanza de las artes con la enseñanza a través de las artes. Son dos procesos distintos.

Cacho Mendieta
Infortunadamente la enseñanza de las artes se reduce por lo general en los colegios al aprendizaje de las corrientes estéticas, a la memorización de algunos poemas y nombres de autores y a entonar himnos patrios. En el mejor de los casos la enseñanza de las artes es algo más interactiva: niños y jóvenes aprenden a tocar un instrumento, a pintar una acuarela o a escribir un poema. Sin embargo, esa visión no deja de ser instrumental, y no contribuye a desarrollar la creatividad.

En cambio, si concebimos las artes como puertas que se abren para dar paso a la creación de conocimiento, estamos hablando de algo distinto donde las artes en el contexto de la enseñanza se convierten en un medio y no en un fin.  ¿Cómo se aprende mejor, memorizando datos o haciéndose preguntas?

Para distinguir entre la acostumbrada clase de música o de artes plásticas, y una clase de educación a través de las artes imaginemos un colegio donde el maestro y los estudiantes trabajan conjuntamente para crear conocimiento a través de la práctica artística colectiva. A un grupo de estudiantes el maestro le pide que elabore una pintura mural sobre la contaminación del medio ambiente. Para realizar ese trabajo práctico los estudiantes tienen que investigar: buscar información, seleccionarla, interpretarla críticamente, compartirla con los compañeros, discutir los detalles del mural y ponerse de acuerdo antes de la primera pincelada.

Ponerse de acuerdo no es poca cosa. Significa estar dispuestos a crear colectivamente, a actuar en comunidad.  El proceso de comunicación es el proceso de generación colectiva de conocimiento. Y es en ese proceso donde se aprende más, y se aprende al mismo tiempo los temas de enseñanza y la práctica de las artes. El resultado, el mural, es una ganancia adicional porque permite compartir el aprendizaje con otros, aunque no el proceso enriquecedor que llevó a ese aprendizaje.

Lo mismo sucedería si esos estudiantes tuvieran la tarea de producir una obra de teatro sobre cualquier otro tema de estudio, por ejemplo un episodio de la historia contemporánea de Bolivia.  En el proceso de preparar la obra, tendrán que usar su creatividad, su imaginación, su experiencia personal y su conocimiento puesto en común para el beneficio de todo el grupo. El resultado será infinitamente más rico no solamente como producto de aprendizaje, sino como proceso colectivo.

Podríamos dar ejemplos de otras artes: la literatura, la música o el cine. En cada caso los estudiantes aprenderán mejor a través de ejercicios prácticos creativos, donde la experiencia lúdica se entreteje con la generación de conocimiento. Para una tarea de ciencias naturales los estudiantes podrían realizar con sus teléfonos celulares o pequeñas cámaras fotográficas, breves documentales en video, de tres o cuatro minutos, sobre temas de botánica o zoología.

En los procesos educativos la responsabilidad de los artistas es enorme, a condición de no verse como meros instructores de disciplinas, sino como promotores de pensamiento y de creación colectiva de conocimiento a través de las artes. 

Así, en Tarija me lancé en esa breve aventura de recordar mi casi inexistente relación con el teatro delante de amigos como Alfredo Rivera, Cacho Mendieta o Elías Serrano, que sí conocen el tema en profundidad, porque son actores y directores de larga trayectoria.
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El arte es uno de los medios de comunicación entre los hombres.

—Leon Tolstoi