07 noviembre 2014

Nadie quieto

Hace quince años publiqué sobre el Teatro Trono en uno de mis libros, Haciendo Olas: comunicación participativa para el cambio social,  porque me pareció un ejemplo inspirador y un hermoso esfuerzo para darle a la ciudad de El Alto un espíritu de ciudadanía, de comunidad y de convivencia de las que todavía carece.

Iván Nogales y Mela Márquez, en la Cinemateca Boliviana
Semanas atrás estuve en el estreno en la Cinemateca Boliviana de la película Movimientos espectaculares (2014) de Mateo Hinojosa, precisamente sobre el teatro Trono. Por ello esta es una oportunidad para comentar esta obra cinematográfica que muestra que el grupo fundado y cultivado como una plantita delicada por Iván Nogales no solamente sigue en pie y luchando por el oxígeno del arte, sino que además lo hace con vigor y honestidad para mostrar los logros y también los obstáculos que se enfrentan en ese arduo camino.

Era hora de contar parte de la historia del Teatro Trono en un documental, pero además de que se hiciera en un proceso participativo como el que lleva adelante el grupo de Nogales, un hombre humilde porque “se borra” detrás de sus actores y detrás de sus proyectos culturales. Para muestra un botón: en el hermoso cartel de Movimientos espectaculares aparece su nombre sin prominencia mezclado entre los nombres de otros miembros del grupo.

Cartel de Movimientos espectaculares
El titulo del film puede parecer ajeno a su contenido (aunque es metafórico), no así una frase que aparece discretamente en algunas de las imágenes promocionales que he visto: “Nadie quieto”, es decir, nadie debe permanecer indiferente.

Aunque la dirección del documental la asumió Mateo Hinojosa, todo el proceso de producción es resultado de una colaboración sin fronteras, donde el guión se hizo colectivamente y se adaptó según las circunstancias de la filmación, cuya primera etapa transcurrió en 2010 y la segunda en 2012. El financiamiento mediante la modalidad de crowdfunding (se traduce como micro-mecenazgo) va parejo con ese espíritu colaborativo.

La música incluye canciones de Luzmila Carpio, de Jesús Durán, Arawi y de Jean-Pierre Magnet además de temas originales interpretados por los jóvenes actores de Teatro Trono. Destacan las secuencias animadas diseñadas por Alejandro Salazar (Al-Azar) y realizadas con el apoyo de artistas venezolanos y norteamericanos.

Mucho terreno ha recorrido el Teatro Trono, que ya no es el mismo sobre el que escribí hace tantos años porque Nogales se ha ocupado de renovar constantemente el núcleo de actores y el repertorio de obras.

Todo comenzó en 1989 como resultado de una experiencia de trabajo con niños de la calle. Al principio el grupo trabajaba en el marco de un programa estatal, pero muy pronto ganó independencia y autonomía para continuar desarrollando actividades culturales para niños y jóvenes de la ciudad de El Alto. En pocos años consolidaron COMPA y el Teatro Trono, proyectos en los que los niños y jóvenes asumían las responsabilidades de gestión. A través del tiempo el grupo ha sido capaz de ofrecer a la población una gama de actividades culturales: biblioteca, películas, muestras de arte y por supuesto obras de teatro que han sido representadas no solamente para la audiencia de los barrios populares de El Alto, sino también en festivales y eventos culturales nacionales.

Los jóvenes actores del Teatro Trono no desmayan en su intento de llevar sus obras a poblaciones que no tienen memoria, por ejemplo, de los acontecimientos políticos que vivió El Alto (y el país) el año 2003: la llamada “guerra del gas”. En 118 minutos el documental trata de recobrar esa memoria, no a través de imágenes de violencia, sino de interpretaciones dramáticas de quienes eran apenas niños cuando los hechos sucedieron. Son los hijos de la guerra del gas los que aquí se expresan, pero no se trata solamente de un acto político, sino de una reivindicación del mestizaje y del migrante alteño que asoma su cultura itinerante sobre la ciudad de La Paz.

El itinerario del grupo de teatro por varios lugares de Bolivia para representar sus obras sobre la plataforma de un camión tiene un valor testimonial inmenso porque lo que nos muestra no es una trayectoria triunfalista, sino una de esfuerzo, compromiso y dedicación que con frecuencia se topa con la apatía de la propia gente.

“El circo de la politiquería” que los jóvenes del Teatro Trono representan para apoyar las reivindicaciones de la memoria se topa curiosamente con la indiferencia de quienes no entienden el valor de la expresión artística. Son particularmente duras las escenas filmadas cerca de la Plaza Murillo en La Paz, donde los jóvenes actores tratan de adherirse a una marcha de las víctimas de octubre de 2003 pero son aceptados a regañadientes, su arte no logra crear empatía, los rostros duros e inflexibles de los manifestantes no se ablandan con esta forma de expresión y de lucha.

Las intervenciones ambulantes del teatro callejero se enfrentan no solamente a la desmemoria y a la apatía, sino a ese carácter sombrío y cerrado de los migrantes. A pesar del dolor que los jóvenes actores logran hacer suyo para convertir en expresión creativa la memoria de hechos que no vivieron, tienen que vencer todavía el obstáculo de la falta de complicidad de un público poco participativo. Como afirma el propio director de Teatro Trono en una entrevista, para mucha gente este es un teatro invisible, porque no lo quiere ver.

En el Teatro Trono y en Movimientos espectaculares no me atrae tanto las obras terminadas como el proceso creativo de inclusión social que se desarrolla gracias al compromiso de quienes participan.

El grupo cultural trasciende las fronteras del teatro y demuestra que se puede hacer resistencia política y cultural de una manera propositiva, positiva y no destructiva. A diferencia de otros movimientos sociales de El Alto, Compa y el Teatro Trono tienen desde siempre una propuesta de política cultural. Más allá de los estallidos heroicos que duran menos que una llamarada de petate, el trabajo de Teatro Trono lleva años construyendo ciudadanía. Iniciativas como esta pueden salvar a El Alto de su destino de ciudad de migrantes indiferentes e individualistas.

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En una pequeña o gran ciudad o pueblo,
un gran teatro es el signo visible de cultura.
—Laurence Olivier